No, nunca, desde Madrid desde ninguna terraza, desde ningún mirador, ni rascacielos ni azotea, se veían las costas. Pero allí, detrás del horizonte, siempre intuimos lo maravilloso de lo desconocido. El reflejo de la vida que, quien sabe, quizás jugando con otras cartas, podremos alcanzar.
Después, seguiremos teniendo un otoño lluvioso, amigos del corazón y del tiempo, pero ahora nos toca la recompensa del dulce sol. Aprovechen sus rayos, y como el cielo, amigos del tiempo, abran su pecho a la luz. Es nuestra vida, es nuestro tiempo.
